domingo, 8 de octubre de 2017

PALABRAS DE APERTURAS

Apertura del periodo académico 2017-2018
Instituto de Teología. Los Teques.
Agustín, Jerónimo y la Biblia
Los Teques, 30 de septiembre de 2017

Estimado Mons. Freddy Fuenmayor
Venerable diácono José Rafael Frías de la Arquidiócesis de Caracas
Prof. Ligia Pereira, coordinadora de Itepadi
Respetado Regino Gómez, coordinador de la Escuela de diáconos de Los Teques
D. Juan Carlos Rodríguez, Director de la Esc. De diáconos
Hoy hemos celebrado a San Eusebio (347-420). Jerónimo es un sobrenombre que quiere decir “El de nombre sagrado”. San Jerónimo, pues así es conocido, es uno de los doctores de la Historia antigua de la Iglesia, y se ha hecho famoso e imprescindible por sus arduos y valiosos trabajos que produjeron – en un lapso de 15 años - la versión de la Biblia, la Vulgata, que ha sido el texto oficial de la Iglesia por 15 siglos. Hoy existen versiones modernas de la Biblia como la de Jerusalén que, sin desdeñar su obra, la superan.
En el concilio de 382 Jerónimo destacó por la extensión de su saber y la seguridad de su doctrina, a tal punto que el Papa Dámaso decidió tomarlo como secretario.
San Gerónimo se dedicó a copiar, traducir e interpretar. Abundantes fueron las envidias, pugnas y amarguras que debió sufrir, en cuyos asuntos polémicos destacan Orígenes de Alejandría y Aurelio Agustín, San Agustín. Sin exagerar, las dificultades residieron – fundamentalmente – en la exégesis bíblica más apropiada y en el temor gigantesco que tenía San Agustín, de que una versión nueva de la biblia rompiera la unidad de la Iglesia, dada la presencia y efecto disolvente de las herejías como el pelagianismo, el luciferismo de Cagliari o la apostasía del monje Joviniano. Más, tomando en cuenta, la idea que tenía Aurelio Agustín sobre la fe y el ejercicio teológico que estaban fundadas en la adhesión plena a la Sagrada Escritura.
Ambos doctores y padres de la Iglesia, con su labor teológica y con su santidad de vida – enamorados del ascetismo, Jerónimo vivió los últimos 35 años de su vida en una cueva – nos legaron una fe y unos criterios teológicos orientadores que atraviesan la historia, los concilios de Trento y el Vaticano II y permanecen: El texto, la hermenéutica, la tradición y el magisterio. Si queremos hacerle honor a ambos y practicar lo que nos corresponde, tenemos que dedicar seriamente nuestro tiempo y todo nuestro esfuerzo en aclarar nuestra fe y presentarla con fondo teológico a los demás para que entren en la “inteligencia de la fe” y accedan al que es la Verdad – nos dice San Agustín.

En fín, nos disponemos a iniciar un nuevo periodo con viejas fuerzas y nuevos bríos. Ya muy cerca de las dos décadas de vida del instituto, el futuro se nos abre prometedor y estimulante. Itepadi se mantiene, se fortalece y crece. Agradezco la confianza de mi obispo diocesano al nombrarme director, designación en que, como me apasiona la historia, pasaré como el primer diácono de esta diócesis que asume el cargo. Lo acepto con obediencia y con orgullo.  Orgullo por mis hermanos diáconos que, gracias a la bondad de nuestro Obispo, tienen un diácono en la dirección del instituto que encabeza la Escuela de diáconos. No soy iluso. Conozco de los déficit, oposiciones y detractores. Pero sé que allí está la mano de Dios. Él no dejará que muera su obra, aunque yo no sea el mejor constructor. Tengo, además, una ventaja: voy a cosechar – sin mérito alguno - lo que otros sembraron: el p. Armando Requena y el P. Alberto Pita. En efecto, la modificación del pensum no es obra mía; ni la apertura del Diplomado en alianza con el Iuspo; ni la iniciativa de la virtualización. Yo he decidido, junto a mi coordinadora, seguir con lo bueno que se inició. Y, con la confianza de mi obispo, abrir lo que estaba pendiente. Lo anuncio: este año arrancaremos la extensión de Itepadi en Santa Teresa del Tuy. Utilizamos las vacaciones en los trámites, acuerdos, reuniones. Y continuaremos con la extensión de Itepadi – Itpal - en Charallave que cambia de coordinadores y afronta una actualización de pensum y profesores. Se trata de ampliar, fortalecer y mejorar el servicio de formación teológica en toda la extensión de nuestra diócesis. Oremos a Dios porque se fortalezcan estas acciones. También hemos estrechado lazos con otras diócesis del país para que cooperen y se nutran del instituto: Maracay, Caracas y la Guaira, son algunas.
Itepadi arranca con novedades y sueños: se amplía el profesorado con el ingreso del P…. de los Santos Apóstoles y del P. José Sequera, Sdb que ingresa a Itepadi cargado de amplia experiencia educativa y teológica. Reingresan profesores laicos que estuvieron en el pasado y habían tomado un receso.
En el deseo de cualificar a los agentes de pastoral de nuestra diócesis, hemos abierto para los exalumnos la inscripción al Diplomado en Teología Fundamental y pastoral avalados por el Iuspo. Hoy mismo – dentro de este acto – tendremos la graduación de los primeros que aprueban los diplomados, como espacio de propuesta a los que hoy comienzan con nosotros.
La escuela de Formación de Avec, luego de nuestros oficios  nos abre la posibilidad de certificar todos y cada uno de los cursos aprobados en Itepadi lo que generaría  - aparte de la formación - la ventaja para educadores de los colegios católicos de acumular puntos y ascender en el escalafón profesional.
Dentro del Plan de Formación de los aspirantes al diaconado de nuestra diócesis, ellos, sin dejar sus actividades y sus encuentros presenciales van a participar de los cuatro cursos virtuales de Itepadi (Teología Espiritual, Escatología; Teología trinitaria e Historia de la Iglesia latinoamericana y venezolana)
Dentro de esta prospectiva, atendiendo las solicitudes y ampliando aún más nuestro servicio pastoral, hemos avanzado bastante en la virtualización completa de los cursos del Instituto. Esto no aniquilará el status y funcionamiento de Itepadi en nuestra diócesis. Hermanos nuestro de otras diócesis del país y de países como Ecuador, España y Argentina, podrán cursar virtualmente los cursos. En 3 semanas estaremos reunidos los profesores en un curso de capacitación informática y en poco menos de 90 días arrancaremos, con la gracia de Dios y la venia de nuestro obispo, los cursos.
Ya está en total funcionamiento el blog del instituto en cuyo interior tiene alojado más de 300 textos de teología y ya abriremos la página web en que alojaremos los contenidos de Itepadi virtual.
Sin ser lo más importante, no quiero despedir estas palabras sin decir dos cosas más. Itepadi, que es un proyecto diocesano de formación, se traslada a un espacio más propio: un colegio diocesano anexo a la Curia: el Colegio San Felipe Neri, y queremos ir promoviendo el grupo de “amigos de Itepadi” con la finalidad de estrechar lazos entre los miembros de la Familia y generar apoyos logísticos y económicos. Todos podemos apoyar en este sentido.
Agradeciendo la presencia de todos; en especial de los invitados de otras diócesis y los profesores de la Escuela de Diáconos de la diócesis, les pido cooperemos todos porque la obra de la extensión del Reino de Dios encuentre entre nosotros operarios eficaces. Muchas gracias.

D. William Rodríguez

LA IGLESIA COMO SACRAMENTO

A modo de preámbulo.
“Cristo es, por consiguiente, Esposo de la Iglesia en cuanto que la ha adquirido mediante la oblación de su cuerpo y de su sangre, y se ha desposado con ella mediante el Pneuma; en cuanto que es su Cabeza y Señor, y la cubre enteramente con su sombra y la penetra haciendo que su Sangre sea la Sangre de ella y su Pneuma, el Pneuma de ella. Es, pues, su modelo en todo, su arquetipo; ella es su cuerpo, su pleroma, es decir, la realización y representación perfecta de Aquel que lo acaba todo en todos”1.
Sirvan como preámbulo de la sencilla exposición que sobre la Iglesia voy a ofrecer seguidamente, estas consideraciones de Odo Casel, destacado exponente del movimiento litúrgico, que, en el siglo pasado, junto a los heraldos del movimiento bíblico, del retorno a los padres de la Iglesia y de la renovación de la teología antecedieron, promovieron y contribuyeron a la realización del Concilio Vaticano II. Lo presentado quiere ir más allá del simple antagonismo clásico de si la Iglesia es una sociedad visible, formada por individuos, dotada de leyes y disposiciones jurídicas, en la que predomina el principio de autoridad y la obediencia a los dogmas. O, más bien, es el título que se le da a los que se reúnen en nombre del Señor, con vínculos meramente extrínsecos, una mínima organización, compuesta de individuos a los que el Espíritu ilumina interiormente y directamente, sin más mediación que la de Cristo.
Al parecer, la respuesta es menos unilateral y supera el antagonismo o la contradicción. Como afirma la Constitución ‘Lumen Gentium’ del Vaticano II: La Iglesia es una realidad compleja. Es ambas cosas, visible e invisible. Es misterio de salvación. Es sacramento, signo de la presencia salvífica de Cristo para la humanidad. Tiene una estructura jerárquica. Es también carismática.Es sacerdotal y ministerial.

I.                   Concilio Vaticano II: recuperación de una concepción de Iglesia como sacramento2.

El Concilio Vaticano II (CV II), antes que hablar de la Iglesia como sociedad y organización (que también lo es), prefirió calificarla como ‘misterio’ (y su equivalente ‘sacramento’ o ‘comunidad sacramental’), no en la acepción de algo incomprensible, sino como una realidad que expresa el ‘designio salvador’ de Jesucristo que se manifiesta en el reino de Dios para toda la humanidad. Ahora bien, esta Iglesia que es misterio y designio de salvación venido de Dios “se inserta en la historia de los hombres” (Constitución dogmática sobre la Iglesia, ‘Lumen Gentium’, LG, 9), y por esto, su manifestación concreta la muestra como ‘una realidad compleja’ que está integrada a la vez por una dimensión trascendente (‘comunidad espiritual’) y por una dimensión histórica (‘grupo visible’) (cf. LG 8). Esta compleja realidad de la Iglesia parte de la doble afirmación propuesta por el Vaticano II: la Iglesia es ‘santa’, gracias a los dones ‘santos’ que el Espíritu de Cristo le comunica por la palabra y los sacramentos; pero, a la vez, la “Iglesia tiene en su seno pecadores y por esto siempre está necesitada de purificación” (LG 8), ya que, “peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella, como institución terrena y humana, necesita continuamente” (Decreto sobre el ecumenismo, ‘Unitatis Redintegratio’, UR, 6). Esta realidad de la Iglesia, a la vez santa y pecadora, es la que ha suscitado la preciosa reflexión del teólogo francés Henri De Lubac sobre el ‘misterio’ de la Iglesia, que se revela en la ‘paradoja’ de la historia y de los hombres (ver su obra: ‘Paradoja y misterio de la Iglesia’, Salamanca, 1967).
La eclesiología actual, animada por el impulso renovador del Vaticano II, presenta como eje global y estructurador la categoría de ‘sacramento’(‘sacramentum’ en latín, equivalente del griego ‘mysterion’) acuñada por los padres de la Iglesia, relanzada por teólogos de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX y usada explícitamente (diez veces) por el CV II. La comprensión de la Iglesia como sacramento pone de relieve que su valor no está en ella misma sino en Jesucristo, del cual ella es sólo “como un sacramento, signo o instrumento” (LG 1). Y, en segundo lugar, indica el ‘porqué’ último de esta Iglesia cuya finalidad es “la unión íntima con Dios y la unidad de todo el género humano” (Ibid.), es decir, la unión plena, la ‘comunión’ entre los hijos de Dios en Cristo y la fraternidad humana universal.
La afirmación del CV II sobre la Iglesia como ‘sacramento’ es una novedad, en el sentido que es la primera vez que se usa este término para referirse a la Iglesia en un documento del Magisterio. La idea, sin embargo, no es del todo nueva. La iglesia es presentada desde los inicios como la manifestación visible del ‘misterio de Dios’ y la realización anticipada de la salvación.  Así, por ejemplo, S. Cipriano se refería a la Iglesia como ‘inseparabile unitatis sacramentum’ (cf. LG 1). Esta idea fue tomada por los grandes precursores de la eclesiología moderna en el siglo XIX: Möhler, Scheeben, Oswald. Retomada con fuerza en el siglo XX por teólogos como De Lubac, Semmelroth, Schillebeeckc, Rahner, Congar, etc. Y remontándonos a tiempos más lejanos, Congar afirma que se trataba de un concepto presente en la eclesiología de S. Tomás de Aquino: “la Iglesia institución es el sacramento, el ministerio; el instrumento de realización del Cuerpo Místico”.
Por otra parte, la noción de sacramento, antes de llegar a ser un término técnico para designar los siete ritos santificadores de la Iglesia, equivalía a la noción griega de ‘mysterion’. En sentido general, ella indica una realidad visible, comprendida en el mundo de la experiencia, pero que para el hombre representa o hace presente realidades sobrenaturales y que por tanto pertenecen al mundo invisible. Asimismo, esta realidad visible hace entrar en nuestro mundo y en nuestra conciencia la realidad de dicho mundo invisible o sobrenatural.  Aquí es Dios quien tiene la iniciativa, revelando su designio salvífico mediante acontecimientos que pueden ser exteriormente alcanzados, percibidos, y que manifiestan en la historia el designio salvífico de Dios y lo realizan. Por eso Jesucristo es considerado el sacramento primordial: en virtud de la encarnación, el Hijo de Dios hace visible al Dios invisible, Jesucristo es el revelador del Padre haciendo tangible también la presencia del Espíritu, de modo que podemos llamarlo ‘sacramentum Trinitatis’, signo revelador de la voluntad del Padre de salvar al hombre y signo de esta misma salvación.
La ‘sacramentalidad’ de la Iglesia deriva del misterio de Cristo. La Iglesia está orientada hacia toda la humanidad, hacia el mundo entero para hablar del misterio de Cristo, por tanto, la Iglesia es sacramento de Cristo Salvador, que hace visible y une a toda la humanidad con la Trinidad. Por la Iglesia, Cristo se hace presente en el mundo.
La recuperación y profundización de la ‘sacramentalidad’ para la eclesiología, como ‘signo sagrado’ de la salvación de Jesucristo en el mundo, ayuda además a articular sus dos dimensiones constantes, no siempre fáciles de armonizar debidamente. Por un lado, la Iglesia entendida como comunidad de creyentes (cf. LG 8), que fue la forma inicial privilegiada en el primer milenio eclesial, y por otro lado, la Iglesia como sociedad estructurada jurídicamente (cf. Ibid.), que ha sido el acento más relevante en la eclesiología del segundo milenio. Dos dimensiones reflejadas en el mismo CV II que, partiendo de la eclesiología más jurídica y universalista del segundo milenio centrada en el papado, propone recuperar como clave de lectura global la eclesiología sacramental de comunión centrada en la experiencia concreta de las comunidades locales y diocesanas del primer milenio. El Vaticano II lleva a cabo este cambio a partir de una fórmula de síntesis no conocida hasta entonces en la eclesiología: ‘la comunión jerárquica’ (cf. LG 21.22; CD 4.5; PO 7.15), en la que el sustantivo ‘comunión’ expresa el carácter fraternal básico de la Iglesia, y el adjetivo ‘jerárquica’ subraya su conexión decisiva con el ministerio pastoral. Según el destacado teólogo español, Salvador Pié-Ninot, se trata, sin lugar a dudas, de la fórmula eclesiológicamente más significativa de todo el concilio, que permite armonizar en el contexto de la tradición viva de la Iglesia las eclesiologías del primero y segundo milenios, en una estupenda síntesis creativa que va a marcar la recepción e interpretación del concilio en los tiempos posteriores, no siempre armoniosa y bastante diversificada.

II.                Nociones de Iglesia3.
Las nociones o conceptos de Iglesia que extraemos de la Sagrada Escritura y de la tradición son la mejor expresión de la realidad de la Iglesia como sacramento, como signo de salvación universal y de comunión de Dios con la humanidad.
II.1.  La Iglesia, pueblo de Dios
La noción ‘pueblo de Dios’ (PD) es un concepto bíblico fundamental, que viene aplicado en el AT a Israel y en el NT a la asamblea de aquellos que han creído en Cristo. Esta misma idea está expresada también con la imagen del rebaño del cual Dios (AT) y Jesús (NT) es el pastor. Asimismo, es importante la idea bíblica y particularmente evangélica del ‘Reino’, ya que Dios es el Rey de su pueblo. Cuando Jesús anuncia la venida del Reino de Dios, él anuncia el verdadero pueblo de Dios, que prefiguraba Israel, sobre el cual reinará Cristo. La Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, en el cual Israel, portador de la promesa de salvación, encuentra su plenitud. Esta noción indica además que la Iglesia peregrina en la tierra, caminando al encuentro del Señor; señala así su carácter histórico y la dimensión escatológica de la Iglesia.
La importancia teológica de la noción PD está en que da valor a aquello que los miembros de la Iglesia tienen en común: su pertenencia a la Iglesia, en contraste con la idea de identificar la Iglesia con la jerarquía o, al contrario, de colocar a los pastores al margen de la Iglesia como si ésta estuviera constituida esencialmente por laicos. Surge entonces en el concilio otra grande idea: en la Iglesia toda función es ante todo un servicio; que, si se trata de la autoridad, consiste en el dirigir y comandar, siempre en orden del bien de los demás y no de sí mismos. Todos pertenecen al PD, al ‘rebaño’ que tiene a Cristo por pastor; pero algunos de entre ellos, sin dejar de ser guiados por el único pastor, reciben la misión de guiar en su nombre a los otros. Esta noción tradicional de PD había sido muy olvidada; se sacrificó al concepto de Iglesia-sociedad que prevaleció después de Trento. El redescubrimiento de los valores más íntimos y más vitales de la Iglesiacondujo después de la primera guerra mundial a resaltar más bien la noción de ‘Cuerpo místico’ (CM). Sólo hacia los años 1937-1942 la noción PD comienza a aparecer y difundirse en Alemania, con el surgir de la crítica de que el concepto CM era una simple ‘metáfora’. Finalmente, la noción PD se consagra en la LG, cap. II.
Sin embargo, esta noción es insuficiente. Sostiene Congar que la noción PD deja de parte y en la sombra algunos aspectos del misterio de la Iglesia y no puede sustituir a la noción de ‘cuerpo’. Así, deja en la sombra las particulares relaciones entre la Iglesia y Cristo: éste no es únicamente el pastor que guía a su pueblo casi desde fuera; la Iglesia es la plenitud de Cristo, Cristo es la plenitud de la Iglesia. Igualmente, descuida la estructura visible de la Iglesia: la pertenencia a ella y la guía del Espíritu Santo, común a todos los miembros, no debe hacer olvidar que entre estos miembros hay una diversidad de funciones y una jerarquía estable, querida por el Señor. Asimismo, no subraya la posesión actual de los bienes escatológicos: la Iglesia es peregrina, camina hacia Cristo, hacia la comunión con las divinas personas (Trinidad). Sin embargo, estos bienes no están sólo en el futuro, sino que son ya poseídos en la fe; no camina sólo hacia el Reino, en la Iglesia está ya presente el Reino.
Por eso, si bien la noción de PD es muy útil para hacernos comprender lo que es el misterio de la Iglesia, la misma debe ser completada por otras. Pero, sobre todo, para ser bien comprendida, debe ser vista en la perspectiva de la ‘sacramentalidad’. La Iglesia no es sólo el  PD como el conjunto de los creyentes o de las comunidades que hacen profesión de creer en Jesucristo, y que él ha adquirido con su sangre y que se dicen convocados por el Espíritu Santo y que caminan en la historia hacia el encuentro con Dios; hay que descubrir además por medio de la fe, que lo que une a esta inmensa asamblea esparcida por todo el mundo es su pertenencia a Cristo, que la hace una comunidad guiada misteriosamente por él y que lo hace presente para salvación de los que creen en él; un pueblo que es signo eficaz de salvación para la humanidad.

II.2. La Iglesia, ‘Cuerpo de Cristo’
Y así pasamos a la noción bíblica de la Iglesia como ‘Cuerpo de Cristo’ (CC), exclusiva del NT. Dos textos del apóstol Pablo son ilustrativos: I Cor 12, 12-30 y Rm 12, 4-5. Leemos los cuatro últimos versículos del primero: “Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno a su modo. Y así los puso Dios en la Iglesia, primeramente los apóstoles; en segundo lugar los profetas; en tercer lugar los maestros; luego los milagros; luego el don de las curaciones, de asistencia de gobierno, diversidad de lenguas. ¿Acaso todos son apóstoles? O ¿Todos profetas? ¿Todos con poder de milagros? ¿Todos con carismas de curaciones? ¿Hablan lenguas todos? ¿Todos interpretan?” (vv. 27-30). No se trata simplemente de la pertenencia a un cuerpo social, de orden sociológico-orgánico, sino más bien en el orden del ser, ontológica (evitando por supuesto cualquier interpretación panteística), pues la unión de los cristianos con Cristo encuentra sus raíces teológicas en el bautismo; éste nos hace miembros de Cristo; así, Rm 6, 1-5; I Cor 6, 15-18. Esta pertenencia se hace patente en la eucaristía, I Cor 10, 16-17: “Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan” (v. 17).
En las cartas de la cautividad, el tema ‘Cuerpo de Cristo’ va a tener un desarrollo importante: Cristo es la cabeza de la Iglesia, Jesucristo es el Salvador del cuerpo ((Ef 5, 23); de este cuerpo nosotros somos los miembros (Ef 5, 30); hemos sido llamados a formar este único cuerpo (Col 3, 15). El CC es un organismo vivo, jerárquico, que reúne a todos los cristianos (Col 2, 19; Ef 4, 16). El CC es la Iglesia, Cristo es la cabeza del cuerpo (Col 1, 18-24; Ef 1, 23; 5, 23). De modo que JC no es presentado por Pablo sólo como el principio invisible, del cual la Iglesia sería la manifestación visible en la tierra, sino como él mismo siendo parte de la Iglesia, comunicándole vida a través de la Palabra y los sacramentos. No es sólo el jefe lejano en el cielo, es además el órgano que vivifica, la cabeza que da vida al cuerpo. La unión entre Cristo y la Iglesia no es solamente una unión moral, sino ontológica. Pero en cuanto que Cristo no se hace visible, sino realmente presente a través de su Iglesia, esta unión entra en el ámbito del mysterion, de la sacramentalidad de la Iglesia.
La identidad entre Cristo y la Iglesia no suprime la distinción entre ellas. Si la Iglesia es el cuerpo y Cristo la cabeza, hay entre ambos una distinción; Cristo da la vida, la Iglesia la recibe.  Para expresarla San Pablo utiliza la imagen de la ‘esposa’: la Iglesia, cuerpo de Cristo, es también ‘esposa’, es decir, es distinta, pero unida a él formando una unidad, como el esposo y la esposa en el matrimonio (cf. Ef 5, 22-32). Esta imagen de la Iglesia como ‘esposa de Cristo’ complementa la noción de CC, pues introduce la idea de la distinción, mientras que la del cuerpo evoca más bien la agregación de los creyentes a Cristo como sus miembros (cf. Col 2, 10; Ef 1, 10).
Por otra parte, la imagen paulina de Cristo como cabeza o jefe, no se refiere sólo a los miembros de la Iglesia, al cuerpo, sino que el apóstol la usa para expresar su primado y dominio sobre todo los seres, tanto del cielo como de la tierra, y para ello utiliza la palabra ‘pleroma’, plenitud. Así, Pablo expresa la gran idea bíblica de la presencia de Dios en el mundo y en todas partes. Aplicando esto a Cristo, quiere decir que él implica misteriosamente en sí mismo no sólo su humanidad individual, no sólo a la Iglesia, sino a todo el universo. Algunos exegetas piensan que en la expresión de Col 1, 19: “Dios se ha complacido en hacer habitar en él toda plenitud”, puede verse además la afirmación de la divinidad de Jesucristo. La verdad es que para Pablo Cristo es Dios por naturaleza, por filiación del Padre y no por su complacencia. Quizá en este sentido sea más claro Col 2, 9: “Ya que en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad”. A su modo, pues, los miembros del cuerpo participan de esta plenitud y del triunfo de Cristo sobre los poderes adversos y por ello los creyentes no deben someterse más a ellos, ni reconocer su dominio. En la carta a los Efesios (cf. 1, 23; 4, 1-13; 1, 9-10) Pablo insiste en el tema de la Iglesia-Cuerpo de la cual Cristo es cabeza e identifica el pleroma con la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Teniendo en cuenta estas ideas, tenemos entonces que: Cristo realiza en sí mismo la plenitud de la divinidad, extendiendo esta plenitud a la Iglesia, su Cuerpo, que lo completa, que es su pleroma (plenitud), ya que él habita en ella y la vivifica. Esta plenitud se extiende también, en modo muy indeterminado, a todo el cosmos.
La noción bíblica de cuerpo ha sido traducida teológicamente con el concepto de ‘Cuerpo Místico’ (CM), el cual va a estar al centro de la eclesiología de la Encíclica ‘Mystici Corporis’ de Pío XII (1943) y presente en la Constitución dogmática ‘Lumen Gentium’ del Concilio Vaticano II (1964). Según De Lubac, en un principio la expresión CM designaba la eucaristía, la presencia real, en un momento de controversia en el medioevo en el que se sintió la necesidad de insistir sobre la realidad del cuerpo de Cristo realmente presente, pero mystice et sacramentaliter (misteriosamente y sacramentalmente) en el seno del corpus verum, la Iglesia. Pero en un momento de controversia en el medioevo, en el que se sintió la necesidad de insistir sobre la presencia real de Cristo en la eucaristía, se fue reservando el apelativo corpus verum para designar la presencia real y se eligió mysticum corpus o corpus mysticum para designar a la Iglesia; se invirtieron los términos. Esta tendencia se impuso definitivamente en el siglo XIII, especialmente con Santo Tomás de Aquino, con el resultado de una creciente referencia a la Iglesia independiente de su relación con la eucaristía, especialmente a partir del siglo XIV.  Además, en ciertos ambientes se interpretó progresivamente el término mysticum en el sentido de una Iglesia del todo espiritual, invisible, opuesta a la Iglesia institucional, visible. Así harán J. Wyclef en Inglaterra, en el mismo siglo XIV, y en el siglo XVI los reformadores protestantes, lo que introdujo en la teología católica y en la iglesia de los siglos venideros una sospecha o desconfianza hacia esta expresión (en el siglo XIX en el Concilio Vaticano I hubo resistencia a su empleo).  
A pesar de estas vicisitudes históricas y semánticas, la expresión CM referida a la Iglesia ha encontrado una acogida positiva y ha tenido una fecundidad teológica que ha permitido comprender la imagen de la Iglesia como cuerpo en su verdadero sentido ‘sacramental’. En efecto, la Iglesia no es un misterio escondido en una realidad sociológica, sino más bien es una sociedad visible, pero en sí misma misteriosa, sacramental, por eso es signo. Dice el CV II (cf. LG 8) que la realidad visible o corpórea de la Iglesia y su realidad invisible o espiritual no son “dos cosas distintas, sino que más bien forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro divino. Por eso se la compara, con una notable analogía, al misterio del Verbo encarnado” (ibid.). El elemento invisible es un ‘misterio’, objeto de fe: es Cristo presente en su Iglesia, es el Espíritu Santo que la vivifica. El elemento corpóreo, la realidad humana, visible es espiritualizado por el elemento divino, cristificado, divinizado. Es esto lo que justifica perfectamente el apelativo ‘místico’. Término que en teología designa el ‘misterio de Cristo’escondido en las realidades visibles, que después lo manifiestan. De modo que decir que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo significa que ella ofrece a la experiencia cristiana el misterio que esconde y lo manifiesta, aun velándolo. Estamos así en la plena comprensión de la realidad ‘sacramental’ de la Iglesia. Sin embargo, la noción CM no suprime el aspecto de sociedad estructurada que es parte del misterio de la Iglesia y es expresión de la dimensión visible o corpórea. La Iglesia que es misterio, sacramento, se define como una realidad temporal, corpórea, humana, que al mismo tiempo la manifiesta y la esconde.
III.3. La Iglesia, templo de Dios
Una imagen del NT que ilumina el tema de la ‘sacramentalidad’ de la Iglesia es el templo de Dios. En el evangelio de Juan, Jesús se propone como el nuevo templo, sustituyéndose al templo de Jerusalén (Jn 2, 18-22); el nuevo templo es el cuerpo de Jesús crucificado y resucitado. Al mismo tiempo, según la enseñanza paulina, cada cristiano es templo: el Espíritu Santo habita en nosotros como en un templo. Ahora bien, si cada cristiano es un templo, el conjunto de los cristianos forman un solo templo (Ef 2, 19-22; II Cor 6, 16); Cristo es el fundamento o la piedra angular de este templo. Al igual que la imagen del cuerpo, y quizá con mayor dinamismo, la noción de la Iglesia como templo, edificado con piedras vivas y fundamentada en Cristo, expresa la ‘sacramentalidad’ de la Iglesia: después de la Ascensión, la Iglesia es el signo vivo de la presencia de Dios entre los hombres, animada por el Espíritu. Claro está, la Iglesia es templo del Espíritu en cuanto es el Cuerpo de Cristo, es decir, continuación de aquel cuerpo en el que habita la divinidad en plenitud.

A modo de conclusión
La exposición, a modo de retazos, que sobre la Iglesia les he ofrecido, han tenido como hilo conductor el tema de la sacramentalidad de la Iglesia. Ninguno de los asuntos tratados puede ser bien comprendido si no partimos del hecho de que la Iglesia es, como lo dice el Concilio Vaticano II, una realidad compleja, en la que coexiste una realidad visible, sociedad compuesta por hombres, con una realidad no visible que, sin embargo, constituye el dinamismo interior que anima el ser y el quehacer de la Iglesia. El Espíritu de Cristo, enviado por el Padre en su nombre, nos llevará a la verdad completa y nos la dará a conocer. Que el conocimiento y el anuncio de esa verdad nos lleve a amar a nuestra Iglesia, a pesar de sus paradojas. No olvidemos que ella es un misterio, sacramento del encuentro de Dios con el hombre.

Los Teques, 30 de septiembre de 2017. Exposición en el acto de inauguración del año académico del Instituto Teológico-pastoral Diocesano ‘San Agustín de Hipona’.

                                                                                  † Freddy J. Fuenmayor S.
                                                                                     Obispo de Los Teques


NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

Citas:
1.      ODO CASEL O.S.B, Misterio de la Ekklesia, Madrid, 1964, 81.
2.      Cf. SALVADOR PIÉ-NINOT, Eclesiología, la sacramentalidad de la comunidad cristiana, Salamanca 2006, 9-98, 175-210; JEAN-HERVÉ NICOLAS O.P, Sintesi Dogmatica: Dalla Trinitá alla Trinita, La Chiesa e i Sacramenti, vol. II, 11-56.
3.      Cf. PIÉ-NINOT, Op. Cit., 135-174; NICOLAS, Op. Cit.,30-51.

Otra bibliografía de interés general para la temática tratada:
JOHANN AUER, La Iglesia, Barcelona 1986.
JUSTO COLLANTES, La Iglesia de la Palabra, 2 vol., Madrid 1972.
F. HOLBÖCK-TH. SARTORY, edit., El Misterio de la Iglesia, 2 tomos, Barcelona 1966.
RAMÓN O. PÉREZ MORALES, La Iglesia, Sacramento de Salvación Universal,1a edición, Salamanca 1971; 2a edición, Caracas 2008.
GÉRARD PHILIPS, La Iglesia y su Misterio en el Concilio Vaticano II. ‘Historia, texto y comentario de la constitución Lumen Gentium, Barcelona, t. 1 1968, t. II 1969.






lunes, 4 de septiembre de 2017

CARACTERIZACIÓN

El Instituto Teológico-Pastoral Diocesano San Agustín de Hipona, ITEPADI, se proyecta como un centro educativo de la Iglesia Católica que proporciona formación doctrinal básica a laicos y  religiosos y pretende dar respuesta a los siguientes requerimientos:

a.    Satisfacer institucionalmente las exigencias de formación de los participantes, desde una doble perspectiva:
*        Asumiendo los requerimientos formativos que se sugieren en los diferentes documentos conciliares y en las orientaciones pastorales del magisterio.
*        Respondiendo afirmativamente al clamor del pueblo de Dios en sus necesidades de profundización de la fe y maduración del compromiso cristiano. 
b.    Fundamentar la espiritualidad y el compromiso de los laicos en la Iglesia y en el mundo actual, para que sean auténticos sujetos transformadores de la sociedad.


El plan de Estudios concebido para el Instituto Teológico-Pastoral Diocesano San Agustín de Hipona - ITEPADI, está conformado por cuatro ejes curriculares básicos:

ü  Ético-Antropológico
ü  Bíblico - Teológico
ü  Pastoral
ü  Espiritualidad 

EJE ÉTICO-ANTROPOLÓGICO pretende proporcionar al participante oportunidades para fortalecer su formación humana que le permitan analizar al hombre en el entorno sociocultural que lo circunda y dar respuestas válidas a la problemática actual.
EJE BÍBLICO-TEOLÓGICO se propone familiarizar al participante con la riqueza del componente doctrinal básico que se halla presente en las Sagradas Escrituras así como en los contenidos de teología y del magisterio de la Iglesia.
EJE PASTORAL intenta aportar al participante los elementos fundamentales de la pastoral para que asuma su responsabilidad en el contexto de la Iglesia local y en su tarea de transformar la sociedad.
EJE DE ESPIRITUALIDAD se dirige a la maduración de la fe del participante y de las convicciones axiológico-valorativas que le alimenten en su desempeño apostólico y en el  fortalecimiento de su testimonio de vida.
Materias a cursar: